En el invierno
Siguiéndole en la laderahasta ojearlo en el soto,cumpliera el guarda su empeñocomo debe un hombre mozo.que si el jabalí en la huidaarrojaba espuma a chorros,con eso y dejar el rastrome habréis frustrado el propósito.Dijéraos la experienciaque (mientras abren un foso,al romper los ventisqueros,y al cruce de los arroyos),si pisan los caracoles,marcan poco más que el corzo,y, si el viento bate, arrasala nieve, y se cubre el hoyo.-«Señor, cargó la cellisca;»iba con dos mil demonios»huyendo, y mostraba un cerro»tan alto como el de un toro...»-Por si hay días de fortuna,que se logran dentro el chozo,quédese el guarda del montecalentándose al rescoldo.
¡Ah, de la tropa que marchaen día tan borrascoso,el hielo y el sudor juntosen los azotados rostros!...¡Lleváis perdida la senda!-Para advertencias yo sobro:damos pique a unos forzadospor delitos espantosos,que rompieron la cadenano lejos de estos contornos.Cinco son los malhechores:si los viste, suelta el soplo;pero si no los has visto,paisano, como supongo,puedes tomar la del humo,como dicen dijo el otro.
-No los vi, señor sargento,mal que me habléis de ese modo,pues si vos mandáis soldados,el tiempo os mandará pronto...Cuidad, si es caso, volversobre vuestros pasos...-Lo oigo.Y siguiéronle en silencionueve hombres respetuosos,el hielo y el sudor juntosen los azotados rostros.
-¡Alto! ¡A la gente que llegasois extraños!...-¡No haya enojo!...Gente honrada, caballero:un obispo, tres canónigosy el cura de la parroquiaque suministra el santo óleo.-Es su escopeta mojadala carabina de Ambrosio;pero su merced la pongadonde no nos haga el coco.-Es que a la capa del cielono hay quien le coja el embozo,y la manta de la nievemala manta es para el hombro.-Si su merced nos cobija,cuente nos hace el negocio,y a cambio le enseñaremosel refrán que gasta el moro.
-Cuidad de llevar la cuentadesque toquéis aquel olmo;de frente, a mil pasos justos,hay un peñasco y un tronco:el tronco tapa una cueva;entradla, y en un recodohallaréis de mis pastoresel hato... y adiós...-Acoto,con el conque de que aprendael refrán que gasta el moro.Dice el gitano cuatreromirando por su mondongo:«Donde comas, no hagas daño,»y aquí, sin ser roba-potros,somos, como si dijéramos,agradecidos de estómago.Su merced, que tiene pesquis,sáquele la púa al trompo.Los que fían en Mahomanunca ponen en remojola espingarda, por si acasoMahoma se vuelve tonto;y dicen: «Sal prevenido»para ir a caza del lobo»como si fueras a hallarte»con el león...» Ahí va el cobrode la deuda que tuvimoscon su merced: vale el oroalgo menos que un consejopara casos que no nombro:y acabo, y para que entiendalo que vale el ser rumboso,quiero pagarle con sobras,y allá van cinco de corto.Este mundo es un fandango,cada cual baila a su modo,y aquel que anda sin parejaparece que está de bolo.
Partiéronse los bandidosmenos fieros que orgullosos,y oí plañidos de hembra,gritos histéricos, roncos.¡En la soledad las lágrimas!¡El dolor!... y el mundo sordo,mientras la nieve caíaen silencio copo a copo.
-«Madre de estos pobres niños,»más desnudos que andrajosos;»mujer, cuyo llanto acusa»ser madre, mientras que el rostro»y los arrugados pechos»y los cabellos canosos»dijeran a quien tus gritos»no oyó, que das testimonio»de la ancianidad que siente»su ruina y, con desdoro»del sexo, muestra sus miembros»al hombre en feos despojos»del tiempo; vieja fecunda,»madre de estos temblorosos»niños, que juntan sus lágrimas»a las que vierten tus ojos:»¿Quién os dejó en este sitio»vil traidor, o vil medroso?»-«Señor, en el mundo estamos;»dad a mis hijos socorro:»ellos, acaso algún día,»os lo paguen a su modo.»Lleváralos yo en mi vientre,»a mis hijuelos hermosos,»al calor que allí sentían»antes de escuchar su lloro...»¡Los hijos en las entrañas»de la madre pesan poco!»Como los parí desnudos,»con mi cuerpo los arropo,»pues a cubrirnos no bastan»los harapos que recojo.»Hemos de andar el camino,»y, aunque los alterno y pongo,»a veces en mis caderas,»a veces sobre mis lomos,»nos rinden en la jornada»el sol, la nieve o el lodo.»¡Pocos dolores de madre»sintió la que pare sólo,»y hambrientos no ve a sus hijos»arrastrarse, por un sorbo»de agua o por triste pedazo»de pan que desechan otros!..»Ibamos, señor, en busca»de la caridad de todos.»-«Tened mi pan, hijos míos:»Madre, aliéntate; yo tomo»tus dos hijos en mis brazos;»sígueme a un abrigo próximo.»Y los niños inocentes,flacos, comidos de piojos,mordían el pan, mirándoseenvidiados y envidiosos.
-«Guarda del bosque, si deja»del jabalí fatigoso»la pista, atienda a estos niños»y, hasta que yo vuelva, acójalos.»
Sentí tristeza en el alma:reinaba un silencio insólitoen la región del desierto,debajo un cielo de plomo.El viento plegó las alas:se pararon los arroyos;los árboles, que dormíancual gigantes sigilosos,parecióme contemplabanla naturaleza atónitos...Y tarde, de vez en cuando,de las selvas en el fondo,agobiados por el pesode la nieve, los hojososálamos se desgajabancon gemido perezoso.-Vi a los míseros soldados...¡No volvían más que ocho!
-«¿Por dónde vais, mis amigos?»Perdidos sois, yo os lo abono,»si no consentís ahora»la salvación que os propongo.»Respondió el de más aliento:-«Su merced mande a su antojo:»de los santos de la corte»celestial, es San Antonio»el santo que más atiende»de los santos que conozco.»Yo le dije: Santo mío,haz que se nos coma el lobo,o que venga a socorrernosel que nos cantó el responso...,cuando vio que le dejábamoscomo quien escucha un loro.A su merced le ha traídoese santo milagroso,y por el mismo le ruegonos aloje junto al horno,porque traemos pasadaslas penas del purgatorio.-¡Mal haya quien fía hombresa comandantes bisoños!Murió el sargento Carranza;mató el perro el cabo Romo;los dos sin sacar las fuerzaspor ser unos hombres flojos,y quedáronse espasmadossonriendo como bobos.-Visto el sálvese quien pueda,su servidor, Juan Cebollo,que fue rabadán de cabrasantes de llevar el chopo,y hoy luce una cruz de méritocon quince reales de momio,tomó el mando de estos chicos,que, aunque parezcan modorros,tienen más pies que el Sargento:y hablar del cabo me ahorrocon decir «cabo de pluma,»que es decir de paso corto.Su merced les pase lista,que a sus órdenes los pongo:siete son, y mi personaocho, número redondo.
Súbito se oyó distantesiniestro tiro dudoso,señal de quien pide auxilio,traición de facinerosos.Al disparo respondimoscon disparos, y remotoslos ecos de las cavernas,invisibles, misteriososcentinelas del desierto,do el miedo finge los monstruos,caminaban a perdersehacia términos ignotos.-Siguiéronme los soldados,e iba el jefe, Juan Cebollo,rezando el «Santa María»con acento fervoroso,alternando el «Dios te salve,»que prorrumpían en corolos restantes compañeros...,y así llegamos al chozo.
¡He aquí el valle de miserias!¡He la humanidad!... ¿Qué somos?¡La fraternidad no fuerani la caridad tampoco,a no ser valle de lágrimasla tierra que nos da apoyo!¡La misericordia nacede nuestros dolores propios!
¡Cristiana melancolía,dolor con íntimo gozo!La piedad, en la inclemencia,no lleva al altar sus votos;mas trueca en templo los ámbitosdel invierno rigorosoquien dio lenguas al desiertonos dio la oración, y el sordorumor de las soledadeshabla de Dios a su modo.
¿Ves, hermana, cómo acudetras la aflicción el consuelo,sin que el corazón se adviertani lo procure el deseo?Antes, al volver la vistaa la cruz del cementerio,vertías acerbas lágrimascon amargo desaliento;y hoy, con los ojos enjutos,pronunciando el Padre-nuestro,han apartado tus manosla nieve del santo suelo,donde de nuestros mayoresyacen los mortales restos,cuyas almas inmortaleste bendicen desde el cielo.Se han cambiado tus sollozosy los ayes de tu pechoen plácidas melodíasque acusan otros afectos...Y esa misma cantilenadel ángel que guarda el sueñode los niños, la aprendisteen el regazo materno.Nuestra madre te la dijo,abrigándote en su seno,con arrullo de palomacuando ampara sus hijuelos.Y la rueca, con sus floresde siempreviva al extremo,y el huso de plata fina,con la inicial de su dueño;ese infatigable husoque tus delicados dedos,tras levísimo chasquido,lanzan con ágil gracejo,y ese copo bien peinadodel lino de nuestro huerto,que vas desatando en hebrasde finísimo cabello;la rueca, el huso y el linoson que allá en mejores tiempos,al compás de las cancionesdel ángel que guarda el sueño,sirvieron a nuestra madre,al arrimo de este fuego,para hilar blancas madejasde que luego se tejieronlas sábanas de tu cunay las de mi breve lecho.-¡Oh, piadosa hermana mía!¡Cuán dulce contentamientosentimos las dos ahoraen el altar del recuerdo;en este hogar heredado,llama de calor perpetuoque avivaban nuestros padresy sus padres encendieron!...¡Así nosotros, hermana,venturosos herederosde sus cristianas costumbres,de su hacienda y de su techo,podamos legar el frutode sus honrados consejosa hijos dignos de nosotrosy dignos de sus abuelos!Que en mal hora los que heredanolvidan sus venideros;y los que son en el mundo,porque sus mayores fueron,poderosos en riqueza,en la ostentación egregios,y disipan en festines,bajo artesonado regio,hacienda que no fundaroncon su ciencia ni su esfuerzo,afrentan en ocio impurohonor que no merecieron.-Yo, a ejemplo de nuestros padres,hermana mía, prefieroa manjares no soñadospor el natural deseo,frugal mesa abastecidapara el preciso sustento,con los frutos generososque rinde al trabajo el suelo:y, al mirarlos sazonadoscon la forma en que nacieron,servidos en blanca lozasobre limpísimo lienzo,digo con gozo en el alma,y en quien soy los ojos puestos:«Aves son de mis corrales,»que en mis corrales nacieron;»corderos de mis ovejas;»caza que abatí en su vuelo;»vino tinto de mi viña,»trasegado, limpio, añejo;»verduras de mi cercado,»y frutas de mis ingertos...»Así Dios no me perdone,hermana, si te exagero:pero, si se me obligasea optar entre dos extremos:vivir sobrado de faustofuera del hogar doméstico,o empobrecer mi comidaaquí, al amor de este fuego,¡hermana! Dios no me ayudesi no es verdad que prefieroa dejar mi amado asiloun negro pan de centeno,con las frutas arrugadasque guardas para el invierno.Mas ya advierto que vencimosesta velada de enero;y, pues nos anuncia el galloque ha dormido el primer sueño,hermana, arropa la lumbrecon la ceniza, y dejemosla guarda de nuestro ejidoa mi leal compañero.Ni asechanzas de la envidiani injustas venganzas temo;pues, al fin, no tiene el hombremejor amigo que el perro.
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