El perro vagabundo
Flaco, lanudo y sucio. Con febrilesansias roe y escarba la basura;a pesar de sus años juveniles,despide cierto olor a sepultura.
Cruza siguiendo interminables viajeslos paseos, las plazas y las ferias;cruza como una sombra los parajes,recitando un poema de miserias.
Es una larga historia de perezas,días sin pan y noches sin guarida.Hay aglomeraciones de tristezasen sus ojos vidriosos y sin vida.
Y otra visión al pobre no se ofreceque la que suelen ver sus ojos zarcos;la estrella compasiva que apareceen la luz miserable de los charcos.
Cuando a roer mendrugos corrompidosasoma su miseria, por las casas,escapa con sus lúgubres aullidosentre una doble fila de amenazas.
Allá va. Lleva encima algo de abyecto.Le persigue de insectos un enjambre,y va su pobre y repugnante aspectocantando triste la canción del hambre.
Es frase de dolor. Es una quejalanzada ha tiempo, pero ya perdida;es un día de otoño que se alejaentre la primavera de la vida.
Lleva en su mal la pesadez del plomo.Nunca la caridad le fue propicia;no ha sentido jamás sobre su lomola suave sensación de una caricia.
Mustio y cansado, sin saber su anhelo,suele cortar el impensado viajey huir despavorido cuando al suelocaen las hojas secas del ramaje.
Cerca de los lugares donde hay fiestassuele robar un hueso a otros lebreles,y gruñir sordamente una protestacuando pasa un bull-dog con cascabeles.
En las calles que cruza a paso lento,buscan sus ojos sin fulgor ni brilloel rastro de un mendigo macilentoa quien piensa servir de lazarillo.
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