La queja

Como otras veces cuando la angustiale finge graves cosas hurañas,la infeliz dijo, después que el rojovómito tibio mojó la almohada,las mismas quejas de febriciente,las mismas quejas entrecortadaspor el delirio, las que ella arrojacomo un detritus de la garganta.Bajo el recuerdo remoto y vivo,jornadas rudas de su desgracia,rápidos cruzan por la memoriasus desconsuelos de amargurada:desde el sombrío taller primeroque vió su carne cuando era sana,hasta la hora de la caídade la que nunca se levantara.Porque era linda, joven y alegreascendió toda la suave escala:supo del fino vaso eleganteque vuelca flores en la cloaca.

Porque a su abismo lo creyó cumbre,leves mareos de la esperanzaquizá embriagaron sus realidadespuesto que huyeron sin inquietarla;y la salvaron de los hastiosque levemente la desolaran,como poemas sentimentales,largos idilios de cortesana.Después... terrible, llegó el descenso,y hubo agonías de lucha infausta:el tren lujoso, los bar de moda,— últimas glorias de consagrada —ya no volvieron a mecer tiernasensoñaciones interminadas,ya no volvieron ansias ocultasde las novelas de fe romántica,ni a obsedar, tristes, sus aventuraslas heroinas que ella imitara,pues, desde entonces, casi insensible,vivió la vida de una de tantas...y enamoróse de un orillero,por un capricho, porque ostentaba,como un orgullo jamás vencido,adorno y premio de sus audacias,una imborrable cicatriz hondasobre su rostro: cuartel de carabrutal nobleza, blasón sangrientoque con fiero arte grabó la daga.

La vió el suburbio pasar risueña,porque en sus horas inconfesadasde peregrina de los burdelesfué la devota que amó las llagas;y a su belleza rindió homenajela inmunda jerga que deshojabaen delictuosas galanteríasrosas obscenas para sus gracias;la jerga inmunda, que en madrigalesvolvió la torpe frase guarangade los celosos apasionados,que bravamente, como ofrendadasinvitaciones de amor, lucíanvivos claveles en la solapa,largos reproches en sus cantaresy torvas iras en las miradas.Sus caballeros... Esos a quienespor su coraje, la roja heráldicade las pendencias y las prisionesdió pergaminos de aristocracia.Más tarde el otro... Las exigencias,las tiranías de aquel canallaque ella mantuvo, las indecibleshoras de eterna mujer golpeada:¡siempre el azote como caricia,siempre el azote sobre la espalda,sobre esos lomos que soportaronsin rebeliones de carne esclava:

¡lomos de pobre bestia sufrida,de pobre bestia ya reventada!Y aquella noche, ¡noche tremenda!en que sintiendo la horrible náuseadel primer vómito, que arrancó el golpedel bruto infame, loca de rabia,embravecida, con todo su ascole escupió al rostro su sangre insana...Y otra vez, y otra; feroz recuerdodel miserable, lleva la marcalleva el estigma que dejó el tajocon que, al marcharse, le abrió la cara.Después, enferma... Los sufrimientos,las mentirosas voces de lástimao los insultos jamás velados:¡La vida puerca, la vida mala!Perdió en el lecho sus atractivos,y así, destruída la antigua gracia,ya no hubo triunfos, pues los deseospara saciarse la hallaron flaca...Por eso a solas, hoy, en el cuartodonde se muere, donde le arrancahondos gemidos la tos violenta,la tos maldita que la desangra,bajo la fiebre que la consumetiene rencores de sublevada,¡tiene unas cosas!... ¡Oh, si pudieracon los pulmones echar el alma!

Por eso grita su queja inútilde incosolable, la queja aciaga,inofensiva, porque en su bocason estertores de amordazadalas frases duras que va arrojandocomo un detritus de la gargantallena de angustias, al mismo tiempoque los pedazos de sus entrañas!

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