Leyendo a dumas

— Ya es hora, prima: las nueve.Empieza, pues, la lectura.Ruge el viento afuera: llueve,y el viejo caño murmuraun son constipado... un son...Empieza ya, que la abuelate ha prometido atención.Abre la dulce noveladonde tanta bella historianos cuenta el novelador,que cuando uno hace memoriano sabe cual es mejor:El embozado que amaa una que no conocey a quien dio cita la damacerca del Louvre, a las doce.La cena de la hostería...

la hora... la callejuela...¡Medrada la fantasíay vacía la escarcela!Cadetes, guardias, tizonas,siempre en trances de estocadasy venga oir las gasconasingenuas baladronadas.Intrigas de cortesanos;fastuosos, regios festines...¡Qué altivos, qué soberanosvan los bravos paladinespasando con sus sombrerosde multicolores plumas!¡Ay, prima, los caballerosamados del viejo Dumas!Brunos los del Mediodía,rubios los del Septentrión:quién viene de Picardíay quién del pais Bretón.Hidalgüelos, segundones,bolsa ruin y noble cuna...Mienten bien los fanfarroneslances de amor y fortuna.¡Y es de ver! En el apuestocontinente, ¡qué jactancia!Luce empenachado el gestode los soldados de Francia.¡Qué de contar cosas bellas

en el patio del mesón,frente a unas cuantas botellasdel buen vino borgoñón !¡yino de Borgoña, sabiovino que torna sutilel ingenio, cuando el labiodice una razón gentil;vino de Borgoña, vinoque si se bebe una veznos deja como un divinorecuerdo de su embriaguez!

Abre la novela, amiga.Nosotros te escucharemos:Sabes que no nos fatigaoir tu voz. Continuemosel capítulo empezadoanoche, ese donde vacasi al fin de su reinadoCarlos IX de Valois.Carlos nueve, rey poeta,príncipe de noble raza,que con palabra discretanarra historias de la caza.Rey cazador, rey trovero,entendido en monteríaque charla con su halconero

de achaques de cetreríay hace versos con Ronsard.Muchas veces él ha dichoque quisiera ser juglar;pero sólo es un caprichode señor que se fastidiapresa de un sombrío encono,quizá al ver cuanta perfidiahay en torno de su trono,cuantas mezquinas traiciones...Fuera su vida serenaa no ser las ambicionesde la casa de Lorena.Caviloso, hosco, altanero,no le mirase la cortede venir el herederoque no le da su consorte. —

Si es que al responder no intentasburlarte, novelador:¿de las cosas que nos cuentascuál de todas es mejor?Narren prosas las odiosaspasiones de Catalina.¡Ah, las intrigas tortuosasde su astucia florentina!¡Margarita!... elogien versossu belleza: canten liras,

pero no en votos adversos,ni en cortesanas mentiras,el nombre de la más bellaprincesa de cuento en flor:ninguna fué como ella,sabia en latín y en amor.No lució tan alta estrellala constelación real:repito que como ellaninguna... No es madrigal.¡Los secretos que no ignoracierta azafata! Si hablaray la oyesen, su señorainclinaría la caraavergonzada en el pecho. —Mas no tema la realeza;ni por femenil despechocometiera tal vileza.Elogie la lira, alabeel dulce rostro soñadoa la luz serena y suavede su sonrisa.A su ladoque antipático, que feopersonaje el de Alengón.Me parece que le veomeditando una traición.Nunca tuviese enemigo

tan desleal el Bearnés:mal hermano, mal amigoy mal príncipe francés.Da risa cuando concibeempresas que él sueña grandes:si a batallar se apercibe— memorias mandan de Flandes -casi no hay quien le venza,¡vaya con el capitán!y era nieto, ¡qué vergüenza!del héroe de Marignán...

Llore el verso al gentilhombremás cumplido y más galanteque en Provenza llevó nombre;al amador más constante.Lector el que le recuerdeténgale en memoria fiel:presumido, pisaverde,pero valiente doncel.Resuelto, airoso, buen porte,poeta y espadachín,entró con mal pie en la cortey fué trágico su fin.¡Pobre Lamole! Verso, rima,llorad por el caballerovuestra canción...— Sigue, prima.

— ¿Y aquel bravo compañero,pelirrojo, vulgarote,locuaz, pendenciero, quemató uno que otro hugonoteen la San Bartolomé?Siempre metido en pendenciasno dan poco que reirsus airadas ocurrencias;eso si, supo morir.

Monseñor, Duque de Guisa,¿esa apostura bizarrano merece una sonrisade la Reina de Navarra?¡Ah, la sonrisa orgullosadel dulce tiempo feliz,cuando ella encontraba hermosala gloriosa cicatrizque sobre el rostro persiste,como un blasón de fiereza!Se os ve serio, adusto, triste:¿qué es de la vuestra grandeza?Margarita... Ella no sabe!Sólo por decir: ¡la vi!mordido de duda graveabandonasteis Nancy,y os la halláis, — con cuanta pena,monseñor! — de otro prendada...

A vos, duque de Lorena,el de la cara cortada.No ya caído el embozo,solo, en la noche desierta,ahogando vuestro ardor mozoacecharéis cierta puerta.¡No! Ya no furtivamentea la hora de la queda,a vuestro oído impacientellegará el rumor de sedade un vestido:« — Dios os guardemonseñor... La noche es fría...Vamos, seguidme, que es tarde... »Voz juvenil que decíacon acento picaresco:« — Dejad pasar, es amigo...»al centinela tudescoque vela junto al postigocon soñoliento desgano.Ya no como sombra vagacruzaréis, firme la manoen el puño de la daga,por desiertos pasadizosde negruras torvas, hondas,lejos de reitres y suizosque, ya giradas sus rondas,como al calor familiar

de las cosas de la tierra,hablan del distante hogaro de lances de la guerra.No iréis, sigiloso el paso,aunque marcial la apostura,como marchando al acasode una trivial aventura,sonriendo de cuando en cuandoa la azafata que os miraa hurtadillas, suspirando:(¿por qué será que suspira?)Ni temiendo algún injusto,algún celoso reprocheque os cause pena y disgustosubiréis a media noche,con rendido pensamiento,por ignorada escaleraal retirado aposentodonde Margot os espera,no sin que a su rostro asomela inquietud y la emoción,mientras Carlos juega al homecon Juan, duque de Crillón,quien fácilmente se irritaperdiendo algunos doblones,en tanto Alenqón meditaen sordas conspiracionesy la reina madre reza

sus oraciones nocturnasporque huyan de su cabezalas ideas taciturnas,o, abandonando hace ratoel libro que no leía,departe con su Renatode alquimia y hechicería.No ya por los corredoresde palacio habrán de ir luegovuestros pasos sin rumores,ni oiréis, apagado, el ruego:— «Alzaos, duque, la espuela >,— de la azafata que os guíay que de todo recela: —¡no os señale algún espíaa rufianescos aceros!Se urden tantas emboscadasque bien pueden sorprenderosy daros de puñaladas...»

Margarita... Ella lo sabe:sólo por decir «¡la vi!...>mordido de duda graveabandonasteis Nancy.Ya no más iréis a verlani elogiará la azafatavuestra ropilla gris perlani vuestra capa escarlata.

La azafata... Oh, su indiscreto,su delicioso rubor...Quizás pensaba en secreto:— «¡Qué arrogante es Monseñor!...»

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