Había una vez un hombre que le huía mucho al trabajo. Pasose el verano holgado, no hizo su agosto, y cuando llegó el invierno se encontró sin polainas y sin tener con qué mercarlas. En este apuro se fue a un compadre suyo y le preguntó qué le parecía que hiciese. El compadre le respondió que se las fuese a pedir al «Cristo del Gran Poder», que era un señor muy milagroso. Así lo hizo el holgazán; fuese a la Iglesia, y le dijo a la efigie del Salvador:
Pero la efigie respondió:
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