Mil veces digo, entre los brazos puesto de Galatea, que es más que el sol hermosa; luego ella, en dulce vista desdeñosa, me dice: "Tirsis mío, no digas eso".
Yo lo quiero jurar, y ella de presto, toda encendida de un color de rosa, con un beso me impide y, presurosa, busca tapar mi boca con un gesto.
Hágole blanda fuerza por soltarme, y ella me aprieta más y dice luego: "No lo jures, mi bien, que yo te creo".
Con esto, de tal fuerza a encadenarme viene que Amor, presente al dulce juego, hace suplir con obras mi deseo.
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