Ya que huyes de mí, Lísida hermosa, imita las costumbres de esta fuente, que huye de la orilla eternamente, y siempre la fecunda generosa.
Huye de mí cortés, y, desdeñosa, sígate de mis ojos la corriente; y, aunque de paso, tanto fuego ardiente merézcate una yerba y una rosa.
Pues mi pena ocasionas, pues te ríes del congojoso llanto que derramo en sacrificio al claustro de rubíes,
perdona lo que soy por lo que amo; y cuando, desdeñosa, te desvíes, llévate allá la voz con que te llamo.
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