Cifra de cuanta gloria y bien espera, por premio de su fe y de su tormento, el que para adorar tu pensamiento de sí se olvidará hasta que muera,
reforma tu aspereza brava y fiera a oír lo menos del dolor que siento: dale, señora, al tierno sentimiento en ese pecho ya lugar cualquiera.
Pues mi remedio está sólo en tu mano, antes que del dolor la fuerza fuerte del aliento vital prive a Silvano,
intento muda, porque de otra suerte llegará tarde, y procurarse ha en vano a tanto mal remedio sin la muerte.
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