Con sacrílega mano el insolente pueblo, de los milagros convencido, alza las piedras, más endurecido cuanto el Señor atiende más clemente.
Muera quien al vivir eternamente, que se negó a Abrahán, nos ha ofrecido; murieron los profetas, y, escondido, yace Moisés, caudillo más valiente.
Burló las piedras, que después miraron con lástima a la Cruz de Dios, vestida, y de noche por Él, cielos y estrellas,
donde todas de envidia se quebraron de que para instrumento de la vida más quisiere a la Cruz que a todas ellas.
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