Esta miseria, gran señor, honrosa, de la humana ambición alma dorada; esta pobreza ilustre acreditada, fatiga dulce y inquietud preciosa;
este metal de la color medrosa y de la fuerza contra todo osada te vuelvo: que alta dádiva envidiada enferma la fortuna más dichosa.
Recíbelo, Nerón; que, en docta historia, más será recibirlo que fue darlo, y más seguridad en mí el volverlo:
pues juzgarán, y te será más gloria, que diste oro a quien supo despreciarlo para mostrar que supo merecerlo.
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