Desconoces, Damocles, mi castigo, por no culpar tu lengua en mi tormento, y del semblante que, esforzado, miento, con gran ostentación, eres amigo.
No ves la amarillez que dentro abrigo, ni el corazón, que yace macilento, ni atiendes al mortal razonamiento del invisible y pertinaz testigo.
Pues solo me acompañas, algún día contradígame voz tuya severa: oiga verdades la conciencia mía.
Merezca un desengaño antes que muera: que la contradicción es compañía, y no seremos dos de otra manera.
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