Miedo de la virtud llamó algún día en Atenas virtud al ostracismo, y en Sicilia arrojaba el petalismo, por dolencia, al valor y valentía.
Si a Scipión, que gozaba, le temía Roma, que del postrero parasismo la libró, y de Aníbal, siendo el mismo aquel temor que él antes sido había,
¿cómo también con votos no apedrea el ostraco los pérfidos tiranos que en vicio exceden y codicia fea?
¿Por qué han de ser los malos, ciudadanos? Que si el destierro en la virtud se emplea, es echar la salud por quedar sanos.
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