La voluntad de Dios por grillos tienes, y ley de arena tu coraje humilla, y, por besarla, llegas a la orilla, mar obediente, a fuerza de vaivenes.
Con tu soberbia undosa te detienes en la humildad, bastante a resistilla; a tu saña tu cárcel maravilla, rica, por nuestro mal, de nuestros bienes.
¿Quién dio al pobre y al l'haya atrevimiento de nadar, selva errante deslizada, y al lino de impedir el paso al viento?
Codicia, más que el Ponto desfrenada, persuadió que, en el mar, el avariento fuese inventor de muerte no esperada.
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