Con mudo incienso y grande ofrenda, ¡Oh, Licas!, cogiendo a Dios a solas, entre dientes, los ruegos que recatas de las gentes, sin voz, a sus orejas comunicas.
Las horas pides prósperas y ricas, y que para heredar a tu parientes, fiebres reparta el cielo pestilentes, y de ruinas fraternas te fabricas.
(¡Oh grande error! Pues cuando de ejemplares rayos a Dios armó la culpa, el vicio, víctimas le temblaron los pesares.
Y hoy le ofenden así, no ya propicio, que, vueltos sacrílegos los altares, arma su diestra el mismo sacrificio.)
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