Las aves del Imperio, coronadas, mejoraron las alas en tu vuelo, que con el pobre y serafín al cielo sube, y volando sigue sus pisadas.
¡Oh cuán cesáreas venas, cuán sagradas frentes se coronaron con tu velo! Y espléndido el sayal venció en el suelo púrpura tiria y minas de oro hiladas.
La silla más excelsa, más gloriosa, que perdió el serafín amotinado, premió a Francisco la humildad; y hoy osa
la tierra, émula al cielo, en alto grado, premiarle con la frente más preciosa que imperiales coronas han cercado.
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