La lumbre, que murió de convencida con la luz de tus ojos y, apagada por sí en el humo, se mostró enlutada, exequias de su llama ennegrecida,
bien pudo blasonar su corta vida, que la venció beldad tan alentada, que con el firmamento, en estacada, rubrica en cada rayo una herida.
Tú, que la diste muerte, ya piadosa de tu rigor, con ademán travieso la restituyes vida más hermosa.
Resucitola un soplo tuyo impreso en humo, que tu boca es milagrosa aura, que nace con facción de beso.
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