¿Qué importa blasonar del albedrío, alma, de eterna y libre, tan preciada, si va en prisión de un ceño, y, conquistada, padece en un cabello señorío?
Nació monarca del imperio mío la mente, en noble libertad criada; hoy en esclavitud yace, amarrada al semblante severo de un desvío.
Una risa, unos ojos, unas manos todo mi corazón y mis sentidos saquearon, hermosos y tiranos.
Y no tienen consuelo mis gemidos; pues ni de su victoria están ufanos, ni de mi perdición compadecidos.
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