En el sepulcro de una joven
Brillaban en sus sienes todavíaDel virginal candor las azucenas,Y el dardo agudo de letales penasSu tierno y casto corazon no hería.
Arroyo manso que en la selva umbríaPasa entre flores de perfume llenas,Era su vida en el hogar: serenasAsí las horas trascurrir veía.
De los amores la caricia ardienteSu sangre no encendió, ni el beso impuroDe infame seductor manchó su frente.
Así vivió; del porvenir oscuroJamás temió la tempestad rugiente,Y así tendió su vuelo al éter puro.
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