Al ilustre literato
Yo vi, sobre la cima de los Andes,al indio ennegrecido y medio hambrientorodar entre las rocas y la nieve;yo le vi maldecir su nacimiento,cuando, al mando despótico del hombre,doblaba su cerviz ensangrentada,por los golpes y el peso quebrantada.
Y cuando murmuraba su infortunio,y tal vez recordaba suspirandoel lecho de su esposa,yo, mi genio altanero alimentando,acordaba mi lira melodiosa,y a mi voz y a mi genio dando riendas,calmaba así la turba pesarosa:
«Hijos de Manco-Cápac, les decía,escuchad mis acentos;¿no veis allá a lo lejos la bahíay la nave agitada por los vientos?Allí vino el primero que ha luchadocon el padre infeliz de vuestros hijos.¿Recordáis cuanta sangre ha derramado,antes de ser señor de vuestro suelo?El fogoso animal que le llevabaespuma enrojecida derramaba;su acero, su cañón, cuyo estallido,semejante al yalpor, daba la muerte,con su sangre no más se vio teñido.La flecha emponzoñada, del más fuerteel valor abatía,y cuando en las llanuras de la patriacuerpo a cuerpo, atrevido se medíacon los hijos membrudos de los Andes,el suelo veces mil se estremecía,antes de declararse la victoria;y si a veces el polvo habéis mordido,no caísteis jamás sin mucha gloria:creedme, si el hispano es vuestro dueño,los Dioses nada más os han vencido».
Aquí cesa el sonido de mi lira,y el indio que escuchara enternecido,y que aún en su pecho amor abriga,sólo puede decir con voz melosa:«Manco-Cápac, poeta, te bendiga».
Tal el tierno cantor del mediodíaendulzó mis pesares,que al llegar a mi oído sus cantares,rebosara mi pecho de alegría.¡Oh! Cuando en mi niñez tempestuosa,vagaba por el mundo sin consuelo,¡cuántas veces mi llanto regó el suelo,y anunció mi pesar y mi quebranto!Y al escuchar de Edipo los quejidos,y su canto divino de dulzura,me olvidé de mis penas... y mi llantobrotó... mas no era llanto de amargura.
Enmudeció mi labio, enternecidome prosterné, y llorando sólo dije:«Gloria al cantor divino del Edipo».Gloria, gloria al cantor del mediodía,que con su lira de oro más suaveque el aire embalsamado de su patriaesparce por el pecho esa alegría,melancólica, dulce, interminable,que eleva hasta el empíreo el pensamiento,y del alma afligida es alimento.
Él, del modo que el águila altaneracanjea sus miradas penetrantescon los rayos del sol, así se eleva,y en la contemplación tal se complace,y su mente sostiene del destinoel querer invariable.
¡Quien tuviera tu voz para cantarte!¡Para decir cuál goza el pecho míoal escuchar tu voz! A tu albedríorío, lloro, suspiro en un instante,me horrorizo en la bóveda espantosa,lloro sobre el sepulcro de una esposa,o recuerdo la gracia de una amante.
Todo lo puedes tú, sólo una cosano puedes, y es que el mundo no te adore,y no diga al oír tu melodía,ardiendo de entusiasmo y de ternura:«Gloria, gloria al cantor del mediodía».
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