César Conto
Para los que supimos amarle como él merecía ser amado, la noticia cruel estabade sobra; sabíamos que ya iba a morir.Pensamientos, dolores, sublimes ideales de su alma, y cuanto de la suyaresplandeció en la nuestra en días gloriosos de redentora labor, agitaba ennosotros su espíritu inmortal."En tiempos tan crueles y tan enemigos de las virtudes", no habléis de élcon lágrimas en los ojos los buenos y leales. Vuestros hermanos de infortunioos miran y esa tumba pide, en vez de lágrimas, una montaña de laureles comolos que él deja en el altar enlutado de la Patria, tribuno émulo de los Gracos yadalid invencible de la democracia que el Nazareno mártir enseñó a las nacionesesclavizadas.Ahora cubre sus cenizas extraña tierra; la que hospitalaria y condolida lorecibió proscrito y nos lo guarda en su seno hasta el día en que la madre deTorres y de Córdoba, libre y gloriosa, le pida el depósito sagrado.Entonces su tumba será templo. ¡Venturosos los que puedan depositar allílaureles concedidos por la Gloria justiciera y la Libertad magnánima!Dichosos los destinados a escribir en esa tumba el epitafio que se leyó en lade Agrícola, inmaculado y grande como éste a quien los mejores hijos de Colombialloran: "Si hay algún lugar para las almas de los hombres buenos; si, como loquieren los sabios, no mueren con el cuerpo las ánimas grandes, reposa en paz"...
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