Los árboles
Del África abrasada en las arenas,de la Siberia en el perenne hielo,en la sierra, en el llano,del polo al ecuador; con larga mano,cual las estrellas pobló su vasto cielo,así los espació Dios Soberanopor toda la ancha faz del grande suelo.
Nacen doquier. En número sin cuentola tierra los engendra y alimenta;su tronco se levanta al vago viento,y una corona de verdor sustentaen sus flexibles ramas;templan del sol las devorantes llamas,y son gala del mundo y ornamento.
Purifican los aires con sus hojas,hay en sus troncos bálsamos preciososque al cuerpo vuelven la salud perdida;casa apacible, plácida guarida,y tálamo fecundo de las avesson sus ramos umbrosos;pendientes de ellos nacen dulces frutosque ofrecen generososa los hombres, las aves y los brutos.
En medio del desierto calurosoque ardiendo reverberabajo un sol devorante,halla el árabe erranteuna umbría palmeraque sosiego y frescura le convida:¡emblema dulce, hermoso,del amor en el yermo de la vida!
Ciñe el mirto amorosola sien de Venus; la apacible olivaorna la frente de la paz fecunda;mientras el laurel gloriosoentreteje la bárbara coronaque ciñe la iracunda,sangrienta sien de la feroz Belona.
Del voluptuoso Oriente en los serrallossirven para deleite de los moros:allí suspiran y aman las sultanasa la sombra de grandes sicomoros.
Del Inglés en los parques majestuosos,en bellos grupos y armoniosas callesmuéstranse artificiososhasta do alcanza el arte de los hombres;y en las selvas de América sin nombres,a cuya sombra innumerables serescrecen, se multiplican; muestran sóloen su grandeza y profusión pasmosadel Creador la mano poderosa.
Ellos son confidentesde nuestros amorosos pensamientos:los amantes confían sus tormentosa sus cortezas rudas;de ellas hacen papel, porque ellas cuentensus secretos amores,sus íntimos doloresa las agrestes soledades mudas;y las aves también entre sus hojassuspiran sus congojas,cantan sus alegríasy saludan con himnos armoniososel despuntar de los brillantes días.
A su apacible sombra jugueteala festiva niñez, y se recreatrepando por sus troncos elevados,suspendiendo columpios en las ramaspara girar cortando el vago viento,entre aplausos y risas de contento.A su apacible sombra ama y suspirala juventud ardiente,y de sus hojas el murmullo vagohace pasar por su inflamada frentedulces sueños de amor con que delira.
A su apacible sombra, la marchitaancianidad meditasobre el pasado bien y el mal presente,y el son del viento que en las hojas zumbahabla a su alma triste y vagamentede la otra vida que tendrá, infinita.
¡Oh, cuántos los amamos!¡Oh, cuánto en su hermosura nos gozamos!Con su frescura y gala nos recreanen nuestro hogar, y así la humilde chozacomo el palacio espléndido hermosean.¡Hasta en la tumba fríanos hacen apacible compañía!
¡Y, cuánto os amo yo, árboles bellos!¡Y cuántas, ya de amor, ya de tristeza,o ya de soledad, fugaces horaspasé a la sombra de las hojas vuestras!¡Mil secretos de mi alma solitaria,mil recuerdos de amor viven en ellas;y siempre que las auras las agitan,en su murmullo animador despiertan,y una lágrima cae de mis ojos,y hondo suspiro de mi pecho vuela!Os amé en otro tiempo de venturay ahora os amo más en la tristeza.Os amé alegre y os adoro triste,y os he de amar hasta que muerto sea,y más allá... ¡Ciprés de opaca sombra!¡Triste ciprés! Vendrás cuando yo mueraa acompañar mi solitaria tumba;¡y allí mi sueño sempiterno, vela!
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