Píramo triste, que de Tisbe mira teñido en sangre el negro manto, helose; vuelve a mirar, y sin morir muriose, esfuérzase a llorar, tiembla y suspira.
Ya llora con piedad y ya con ira; al fin para que el alma en paz repose, sobre la punta de la espada echose y, sin partir el alma, el cuerpo espira.
Tisbe vuelve y le mira apenas, cuando arroja el blanco pecho al hierro fuerte, más que de sangre de piedad desnudo.
Píramo, que su bien mira espirando, diose prisa a morir, y así la muerte juntó los pechos, que el amor no pudo.
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