Blanca (Palacio)

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ay nombres que retratan; parecíacuando envuelta en su túnica de nieveluz á la estancia daba y alegríala que hoy mi musa á recordar se atreve,cisne de pluma levearrojado á la tierra por acasoen el risueño y apacible díaen que nació el amor; hasta su pasoera como el del cisne vacilante . . . .por causas que diré más adelante.

¿Dónde la conocí? Lo tengo escritoen el sagrado libro en que se escribelo ideal, ló sublime, lo infinito,lo que nunca se olvida, lo que vive.En ese panteon de la memoriadonde en horas de calma,gozamos releyendo nuestra historiacon los ojos del alma.

⁂Vagaba yo una noche á la venturacontemplando del arte los primores,por la ciudad, sin par en hermosura,que hizo del Arno espejo de sus flores.Allá templo vetustodejábame un instante embebecido,aquí gallardo bustosobre marmóreo pórtico esculpido.De Strozzi y del Barcheloya los palacios admirado había,perderse ví en el cielola torre de la vieja Señoría,

y de Orcagna en la Logia primorosamiré, con honda pena,de Perseo la hazaña valerosay la angustia cruel de Polixena.Por calles y callejas extraviado,solitario y sin guía,más de la mente que del pié cansado,mi romántico viaje proseguía,cuando un rumor de música liviana,fabricada en Paris por consiguiente,me condujo, venciendo mi galvana,á una casa ni nueva ni decente,del Corso dei Tintori no lejana.Rebosaba el portal lleno de gente,inquirí, me advirtieron, hallé el modode divertirme y descansar un rato,y poniendo á pupilo el sobretododi en un baile de máscaras barato.

No lo he de describir: saber os basteque era inmenso el salon, y en él reinaba

de miseria y de lujo tal contraste,que al dolor y á la risa provocaba.Sobre la muelle alfombracien parejas danzaban confundidas,y cien en la penumbra ó en la sombracantaban á compás enronquecidas.Mujeres agradables y discretasiban pidiendo amor, dicha ó fortuna;todas eran alegres y coquetas,todas quizá felices ... ménos una.

En el ángulo oscurodel salon que al de baile precedía,sentada, y apoyándose en el muro,la vi al pasar; ni hablaba ni reía;de su contorno puroblanco traje las formas descubría,y el antifaz, que la ilusion provoca,dos hileras de perlas en su boca.Acariciando la desnuda espaldacaían desceñidos los cabelloshasta rozar su falda,

tan rubios y tan belloscual si fueran de un ángel la guirnalda.Hízome sitio, y me senté á su lado;traté de hablar con ella, y un sollozobrotando de su pecho acongojado,convirtió en amargura mi alborozo.– Sufres, máscara?– Sí, dijo tranquila,en mí fija un instantede sus azules ojos la pupila,y con el ritmo grato que se estilaen la patria del Dante.– Sufrir contigo quierosi me dices tu pena ...– Desvarío;debes ser por las señas extranjero:¿qué te puede importar el dolor mío?– Más de lo que presumes ...– Pues ¿quién eres?– Un viajero cansado hasta hace poco,que no ha visto entre todas las mujeresninguna como tú ...– Pareces loco.

— ¿Nada tienes que hacer?— Nadie me obliga.— ¿Serás franca conmigo?— Seré franca.— ¿Con quién viniste aquí?— Con una amiga.— ¿Cómo te he de llamar?— Llámame Blanca.

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ULCE y pausado penetró en mi oidode la beldad incógnita el acento,que vibraba confuso entre el ruidosemejante al bramidode turbias olas ó de ronco viento.Alguna que otra vez tiernas parejasdelante de nosotros desfilaban;citas, requiebros, quejas,el espacio de música llenaban,mientras cediendo á mi rogar ansiosoy con su mano trémula en la mía,de su existencia el velo tenebrosola máscara á mis ojos descorría.

Cerca de un año hacíaque abandonó su pueblo del Piamontey allí padre y hermanos más pequeños,buscando en el artístico horizontela realidad de sus alegres sueños.El baile su afan era,y pronto la Academia en que estudiaba,elevándola al rango de primeraun bello porvenir le presagiaba.Pero antes de llegar, ¡cuántos reprochesnublaron su ventura,cuántos dias sin pan, y cuántas nochesde fatiga, de insomnio y de amargura!Escollo la hermosurafué para la infeliz en su camino:se propuso vencer, y de ardor llenamártir de la virtud y del destino,victoriosa por fin. .. subió á la escena.No era crecido el sueldo que tenía,mas no sólo bastabapara vivir humilde cual vivía,sino que haciendo cálculos, hallabaque muy pronto una parte

iba el llanto á enjugar de los que amaba.¡Qué gloria para el alma y para el arte!. . . . . . . . . .Calló Blanca, y su frentedoblóse como herida por el rayo,brilló una perla en la pupila ardiente,y volviendo despues de su desmayo,— llévame á respirar, - dijo doliente.Su brazo enlacé al mio,y como tiembla en el rosal la hojacargada de rocío, :comenzamos á andar... yo sentí frío...todo lo adiviné... Blanca era coja.— ¿Comprendes mi dolor? murmuró triste;yo la atraje con fuerza á mi costado,y entre una risa aquí, y acullá' un chiste,cruzamos el salon iluminado.Poco despues, serena,me refirió su dolorosa cuita;¡cuánto conmueve al corazon la penade una mujer bonita!- Se ensayaba la escena encantadorade un baile muy reciente,

que se titula El Carro de la Aurora...— ¿y eras la aurora tú?— Naturalmente.— Entre nubes el carro aparecíatirado por querubes,y yo en el carro atravesar debíala trasparente gasa de las nubes.Hícelo así, pero en mi raudo vuelo,mal seguro sin duda el andamiaje,con querubes y carro vine al sueloenredada en los pliegues de mi traje.No era grande la altura,pero al ponerme en pié lancé un gemido;aquella torceduramuerte más que dolor para mí ha sido.— ¿Qué dicen los doctores?— Casi nada:que el tiempo y muchos bañosdarán fuerza á la parte lastimadasi vivo sin bailar dos ó tres años.y hace ya casi un mes, y yo no duermo,y oigo á mi alrededor dulces mentiras,y me llama mi padre, que está enfermo,

y debo cerca de trescientas liras.— Mas, ¿no tienes amigos?— Tuve algunosque de su amor me hicieron mil alardes;en la ventura les juzgué importunos,frente á frente del bien fueron cobardes.— Y ¿qué resolverás?— No lo concibo;me empuja al precipicio la primerala misma anciana en cuya casa vivo,y antes que dar en él morir quisiera.— Te afliges sin motivo;¿no tienes madre?— ¡Ay Dios ! ¡si la tuviera!— Blanca, jura que es ciertocuanto me acabas de decir.— Lo juropor las ocultas lágrimas que vierto;no tiene la verdad sello más puro.— Pues bien, el baile acabay vienen á buscarte tus amigas ;es preciso que hablemos.— Lo anhelaba:

haré sin vacilar cuanto me digas.Buscando una esperanza aquí he venidoy ella la angustia de mi pecho arroja,Plaza del Arno, diez, allí su nidotiene la pobre coja.— Mañana te veré, y hasta mañananingun pesar te apene.— Me tendrás esperando en la ventanasimpático español.— Bella italiana,no he de olvidarte: ¿y tú?— Ti voglio bene.

G

uarda la vida en su rodar constantehoras de anhelo grato,de dulce paz, de angustia delirante,de calma ó de arrebato.Horas que son un siglo y un instante,conforme nos redimen ó condenan,y en cuyo fondo lúgubre germinanlas flores que fascinan,los frutos que envenenan.¿Quién de ellas no ha bebidoel calmante ó la hiel? Yo las evocosacándolas del polvo del olvidoen que yacen ha tiempo sepultadas,

y las del porvenir estimo en poco,gozando en recordar las ya pasadas.Una entre todas bella y seductorami atencion solicita,la recuerdo muy bien; era la horaque de mi Blanca precedió á la cita.

Juguete de amoroso desvaríocomo si del Eden fuera al encuentro,por ancha calle que divide el ríode la plaza del Arno llegué al centro.No turbaron mi vista las mansionesque en rededor se alzaban,cuyos negros y antiguos torreonessu perfil en el cielo dibujaban:pues como si de antorcha me sirvierael rayo de la luna bendecida,de un modesto balcon tras la vidrierasu vaga sombra iluminó en seguida;salvé la calle, y pronto la escaleracrujió bajo mi planta decidida....

Sus manos que el postigo me entreabrieroná mis manos despues se entrelazaron,y aunque nada los labios se dijeronalgo los ojos en secreto hablaron.Ya en su cuarto sencillo y elegantedel color de su falda, blanco y rosa,al reflejo de lámpara brillantepude mirarla á mi placer. ¡Qué hermosa!De virgen parecióme su semblante,su andar de ninfa, su esbeltez de diosa,y, marco á tan espléndida belleza,brillaba y atraía,la aureola de encanto y de purezaque en torno de su faz se difundía.— Siéntate junto á mí, Blanca, la dije,y aleja de tu almaese pesar que sin razon te aflije :preludio es la tormenta de la calma.— Tú fuistes el primero,me replicó, que el limite sagradotraspuso de ese umbral; noble y sinceroen acciones y frases te he juzgado,y qué piensas de mi, saber espero.

— Pienso que eres un ángel ...— Y deseasque lo deje de ser ...— Si tu destinoobstáculos no pone á tus ideas,no seré yo quien tuerza tu camino.Dos son los que á la vistate muestra el porvenir, y escoger debes;has muerto para- el arte como artista,tienes que ser mujer; vé si te atreves.De un camino á la entradate sonríe el amor; senda de flores,donde acechan el fin de la jornadaplaceres y dolores.Como tesoro oculto á la miradabrillarán escondidos tus fulgores,y en la vigilia inquietade noches deliciosas y sombrías,un hombre, y si tú quieres un poeta,te arrullará con dulces melodías.

— y ese hombre? ...— Está á tus piés.— Si me decido

¿qué durará tu amor?— A nadie engaño:puede vencer al tiempo y al olvido,pero puede morir antes de un año.— ¿Nunca la eternidad?— Nunca la esperes;uno de tantos nombresconque engaña el demonio á las mujeresy á su vez las mujeres á los hombres.— De modo que si incauta yo te amarano sabiendo olvidar . . .— Fuera mal hecho,y acaso yo tambien lo lamentara . . .— ¿Me queda otro camino?— Sí ; el derecho.Torna al valle feliz en que nacistey te esperan tu padre y tus hermanos,cuéntales que al caer solo caistedesde la altura de tus sueños vanos.Allí tu vida correrá dichosay, cuando el caso llegue, .gozarás del amor y de la prosacon un gañan que te ame, ó que te pegue.

— Prefiero, aunque te espante,morirme en mi rincon de hambre ó de hastíoá ir de uno en otro amantedichosa al fango, desdeñada al río.En el primer senderome ofrece proteccion tu mano franca,mas yo busco el segundo, y no el primero.¿quién hácia él me guiará?— Yo tambien, Blanca.— ¿Tú?—¿Lo dudas?— No sé; siento una penay un placer á la par, que estoy temblando ...¡me cuesta tantas lágrimas ser buena! ...— ¿Cuándo piensas partir, responde, cuándo?— ¿Pero es verdad?— Ni sueñas ni deliras,tu gusto á hacer me inclino;toma:— ¿Qué es esto?— Las trescientas lirasque al punto pagarás.— ¡Cielo divino!

— Me lo dijiste anochey sé que tus apuros eran grandes;¿quieres irte mañana.? Vendré en cochepara llevarte al tren.— Lo que tú mandes.— Pues basta de llorar; déjalo todoy dispon el tocado y la maleta;¿recelas ya de mí?— De ningun modo:pero ¿quién eres tú?— Soy el poeta.

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