A su almohada
Eres feliz, nevada consejera:tú conoces sus gracias virginales,y en tu seno amorosose desata su rubia cabellera.Tú, que de sus pupilas celestialesbebes perlas tan claras como el día,y el néctar deliciosoapuras de sus labios de ambrosía;tú, que velas su pecho enamorado,tú, que aspiras su aliento embalsamado,y sabes su pesar y su alegría,dime por qué ha apuradoen la pasada nocheel cáliz del dolor y la agonía.Mas no, no me lo digas, consejera;pues de dolor, tal vez, me moriría,si yo la causa fuera.
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