La inocencia castigada
Como la madre a quien faltael tierno y amado hijo,así estoy cuando no os veo,dulcísimo dueño mío.
Los ojos, en vuestra ausencia,son dos caudalosos ríos,y el pensamiento, sin vos,un confuso laberinto.
¿Adónde estáis, que no os veo,prendas que en el alma estimo?¿Qué oriente goza esos rayos,o qué venturosos indios?
Si en los brazos del Auroraestá el Sol alegre y rico,decid: siendo vos aurora,¿cómo no estáis en los míos?
Salís, y os ponéis sin mí,ocaso triste me pinto,triste Noruega parezco,tormento en que muero y vivo.
Amaros no es culpa, no;adoraros no es delito;si el amor dora los yerros,¡qué dorados son los míos!
No viva yo, si ha llegadoa los amorosos quiciosde las puertas de mi almapesar de haberos querido.
Ahora que no me oís,habla mi amor atrevido,y cuando os veo, enmudezcosin poder mi amor deciros.
Quisiera que vuestros ojosconocieran de los míoslo que no dice la lengua,que está, para hablar, sin bríos.
Y luego que os escondéis,atormento los sentidos,por haber callado tanto,diciendo lo que os estimo.
Mas porque no lo ignoréis,siempre vuestro me eternizo;siglos durará mi amor,pues para vuestro he nacido.
Dueño querido: si en el alma míaalguna parte libre se ha quedado,hoy de nuevo a tu imperio la he postrado,rendida a tu hermosura y gallardía.
Dichoso soy, desde aquel dulce día,que con tantos favores quedé honrado;instantes a mis ojos he juzgadolas horas que gocé tu compañía.
¡Oh! si fueran verdad los fingimientosde los encantos que en la edad primerahan dado tanta fuerza a los engaños,
ya se vieran logrados mis intentos,si de los dioses merecer pudiera,encanto, gozarte muchos años.
«Cuando te mirare Atandra,no mires, ingrato dueño,los engaños de sus ojos,porque me matas con celos.
No esfuerces sus libertades,que si ve en tus ojos ceño,tendrá los livianos suyosen los tuyos escarmiento.
No desdores tu valorcon tan civil pensamiento,que serás causa que yome arrepienta de mi empleo.
Dueño tiene, en él se goce,si no le salió a contento,reparara al elegirle,o su locura o su acierto.
Oblíguete a no admitirsus livianos devaneoslas lágrimas de mis ojos,de mi alma los tormentos.
Que si procuro sufrirlas congojas que padezco,si es posible a mi valor,no lo es a mi sufrimiento.
¿De qué me sirven, Salicio,los cuidados con que velosin sueño las largas noches,y los días sin sosiego,
si tú gustas de matarme,dando a esa tirana el premio,que me cuesta tantas penas,que me cuesta tanto sueño?
Hoy, al salir de tu albergue,mostró con rostro risueño,tirana de mis favores,cuánto se alegra en tenerlos.
Si miraras que son míos,no se los dieras tan prestocometiste estelionato,porque vendiste lo ajeno.
Si te viera desabrido,si te mirara severo,no te ofreciera, atrevida,señas de que yo te ofendo.»
Esto cantó una casadaa solas con su instrumento,viendo en Salicio y Atandraaveriguados los celos.
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