Una flor menos

Á la orilla de un plácido árroyuelo,que en sus cristales nítidos retratael verde margen y el tranquilo cielo...—lengua armoniosa de fulgente plata,que siempre está contando sin recelode aquella soledad la vida grata,—una noche clarísima y serenanació una melancólica azucena.

Esto pasó en Abril. —El sol de Mayomiróla ya, formada y entreabierta,beber ansiosa el matutino rayo,cual alma jóven que al amor despierta...Y ya las brisas, con falaz desmayo,de su fragancia virgen, leve, incierta,los primeros efluvios le robaban...que con frias lisonjas le pagaban.

En Junio... la magnífica azucena,sultana favorita entre las flores,gala y encanto de la orilla amena,hechizo de los céfiros traidores,ya prodigaba, de ufanía llena,al aire... sus balsámicos olores,su candidez... al sol, su risa... al cieloy su imágen... al lúbrico arroyuelo.

Y, en pago, la besaba el sol ardiente,suspirando halagábala la brisa,requiebros le decia la corrienteque á sus pies deslizábase sumisa,las aves la cantaban tiernamente,y aplacíase el cielo en su sonrisa...mas la luna (tal vez por experiencia),velaba sin sosiego su inocencia.

Una tarde de Julio, en que su veloel crepúsculo al cabo recogía,sin que tornase á levantar el vueloel aura que en los árboles dormia,al extinguirse en el confín del cielola postrimera claridad del dia,dobló la flor su frente nacarada,pensando... ¿en qué? —Seguramente en nada.

Y no porque era flor: —que una doncellatampoco suele meditar gran cosacuando está enamorada y es muy bella.—Dobló, pues, la cerviz la flor hermosa,y durmió ó no durmió... ¡Sábelo ella!Yo diré que yacía silenciosa,cuando poco después de media nochela despertó de su letargo un coche.

Era el carro de plata de la lunaque aparecía entonces por Oriente,como hermosa Duquesa que á la unaregresa del teatro muellemente.—Un trovador (acaso sin fortuna)alzó en esto su cántico doliente...¡Era aquel ruiseñor que siempre cantacuando la tarda luna se levanta!

¡Noche temible! —Suspiraba el viento...Hablaba el cielo amor... Besos de llamase enviaban allá en el firmamentolas remotas estrellas... No habia rama,ni flor, ni ser, ni piedra, ni elemento,madriguera, cubil, nido ni camaque amor... eterno amor no respirase,amando cada cual según su clase.

¡Cómo temblaba la azucena pura!Su lánguida cabeza reclinabasobre un lirio de espléndida blancura...El aura leve apénas les tocaba...La luna, deteniéndose en la altura,besos de claridad les enviaba,y el ruiseñor trinando les decia:«¡Amad... amad... que aun falta mucho al dia!»

¡Noche estrellada; bendecida hora;lágrimas que envidioso el firmamentosobre esas flores que se abrazan llora;exhalaciones que cruzáis el viento;espíritus que el aire en si atesora;calor, perfume, plática ó alientoque de esos blancos lirios se desprende...misterios de su amor... ¿quién os entiende?

Al otro dia... Agosto principiaba!! —Amaneció. —Y el sol (que de las floresá castigar los vicios empezaba,fulminando sus rayos destructoressobre todas aquellas que encontrabafaltas de sueño y pálidas de amores)vio mustia y ojerosa á la azucena,y de un flechazo la tendió en la arena.

¡Mísera flor! ¡Cuán breve fué su historia!¡Y cuan pronto olvidada! Ni la luna,ni el sol, ni el viento guardan su memoria...—Y, á la verdad, razón no encuentro algunapara que impriman tan común historia...Si ayer murió una flor, ó más de una,hoy los prados de flores están llenos...¿Qué importa una flor más ó una flor ménos?

Que fué muy bella... porque Dios la hizo...Gloria es esa de Dios, pero no de ella.—Que amó, y un lirio le robó su hechizo...Esto es frecuente en la que nace bella.—Que el sol, celoso, entonces, la deshizo...¡Muera así toda impúdica doncella!—Que el lirio está por otra moribundo...Y que haya un lirio más, ¿qué importa al mundo?

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