Alma noble, que aquellos miembros riges
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Cancionero
Alma noble, que aquellos miembros rigesdentro de los que en esta vida habitahombre valiente y sabio en toda arte,pues el cetro tu mano hoy ejercitacon que todo criminal de Roma afligesy lo haces, como fue, ser balüarte,a ti te hablo, porque en otra partedel mundo apenas la virtud se asienta,ni apenas avergüenza la injusticia.Ni sé que espera ya, ni qué codiciaItalia, que parece el mal no sienta:odiosa, vieja y lenta¿ha de dormir sin nunca hallar desvelo?Bien fuera yo quien le atusase el pelo.
No espero que del sueño perezosodespierte, aun requiriéndola cualquiera,cargada de tal peso se demuestra.Mas no a tu brazo sin que Dios lo quiera,que puede sacudirla vigoroso,se fía Roma hoy, cabeza nuestra.Sobre su cabellera pon tu diestray sus trenzas greñudas sin turbarte,de suerte que ella al fin salga del lodo.Yo, que su ruina lloro el día todo,tengo en ti de esta fe la mayor parte;que, si el pueblo de Martesu antigua gloria alguna vez evoca,paréceme que a ti tal gracia toca.
Los viejos muros, que aún teme y aún amael mundo y tiembla aún, si atrás los ojos,mirando el tiempo andado, una vez vuelve;las piedras, en que hoy yacen los despojosde tantos de que habrá perpetua fama,si no es que el universo se disuelve;y todo aquello que la ruina envuelve,por ti espera extinguir todo su vicio.¡Oh grandes Escipiones, oh fiel Bruto,cuánto os gustase oír, no lo disputo,allá arriba noticia de su oficio!Y aun creo que Fabricio,diga, oyendo también con alegría:«Aún bella te he de ver, oh Roma mía».
Y, si es por lo de acá el cielo suspenso,las almas que allá arriba se congregancuyos cuerpos reposan en la tierra,del largo odio civil el fin te ruegan,por el que al peregrino ya indefensoel camino a las iglesias se les cierra;frecuentadas ayer, y hoy de esta guerra,ya vueltas casi cuevas de ladrones,sólo para los buenos clausuradas,que entre altares y estatuas saqueadasse hacen negocios viles a montones.¡Ay, qué infames acciones!Que no comienza sin campana asalto,aunque fue puesta para Dios en alto.
El niño inerme, la mujer bañadaen llanto, y el cansado y pobre ancianoque a sí se odia y a su mucha vida,el negro, pardo o blanco fraile hermano,y toda clase enferma y agobiadate gritan: «Mi señor, tu pueblo cuida».Y la gente más pobre y compungidate descubre por miles hoy sus llagasque a Aníbal mismo hicieran ser contento.Y si miras de Dios la casa atento,verás que con que chispa aquí deshagassu fuego enorme apagas,por más que ahora se muestre así inflamado.Hazlo y serás del cielo celebrado.
Sierpe, lobo, leon, águila y osoa marmórea columna de gran famadan molestia y a sí mismos gran daño.Por ello llora aquella gentil damaque te llama a que arranques rigurosocuanto árbol sea en dar fruto tacaño.Más que pasado es ya el milésimo añoque faltan los que a tan glorioso encuadrela alzaron cuando fue ciudad primera.¡Ay, gente altiva hoy sobremanerairreverente a tanta y a tal madre!Tú, marido, tú, padre,todo socorro con tu mano atiende,pues otra empresa el grande padre emprende.
Sucede rara vez que empresas altasla Fortuna injuriosa no contraste,que mal con hechos de valor concuerda.Hoy, desbrozando el paso donde entrastese hace perdonar de antiguas faltas,que aquí consigo al menos hoy discuerda;pues, por cuanto del mundo se recuerda,no fue abierta a mortal hombre la víatal como a ti por darte nombre eterno,que puedes levantar, si bien discierno,a estado la más noble monarquía.¡Qué gloria te seríaque frente a quien la alzó joven y fuerte,tú, en su vejez, la salves de la muerte!
Canción, verás, sobre el Tarpeyo monteun caballero a quien Italia honora,más que a sí mismo a los demás atento.Dile: «Quien no te ha visto de momento,si no es como que el amor por fama toma,dice que siempre Roma,regadas de dolor siete colinas,consuelo pide a ti de sus mohínas».
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