Italia mía, aunque el hablar sea vano
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Cancionero
Italia mía, aunque el hablar sea vanoa las llagas mortalesque veo en tu bello cuerpo dolorido,quiero al menos que sean mis quejas talescual pide Arno toscano,y Tibre y Po, donde hoy lloroso anido,Señor cortés, te pidoque la piedad que te condujo a tierrate vuelva aquí a tu amado y almo suelo;verás, Rector del cielo,por qué liviana causa hay cruda guerra.Los pechos que arde y cierrafiero y soberbio Marte,ábralos tu Piedad, Señor, y apague;y en ellos, aun sin arte,haz que mi lengua tu Verdad propague.
Vosotros, a quien dio Fortuna el frenode esta Italia granada,por la que compasión ninguna os pliega,¿qué hace aquí tanta extranjera espada?¿Por qué el verde terrenocon la sangre barbárica se riega?Un vano error os ciega;veis poco, y os creéis ver demasiado,pues en mano venal buscáis fe ardiente;y cuanta es más la gentemás del rival es cada cual cercado.¡Oh diluvio engendradode desiertos lejanospara inundar nuestra campiña opima!Si esto hacen nuestras manos¿quién habrá que nos salve y nos redima?
Le dio Naturaleza a nuestro estado,haciendo el Alpe escudo,defensa ante la cólera germana;mas ciego afán contra su bien tal pudo,que luego ha procuradoque el sano cuerpo estrague sarna insana.En esta jaula, hircanafiera salvaje y grey mansa e incruentade modo están que siempre el mejor gime;y, porque más lastime,viene este mal de gente a ley no atenta,a quien, como se cuenta,abrió tal Mario el flancoque aún vive la memoria de su brío,cuando, en cansancio franco,sangre fue el agua que bebió del río.
De César callo, quien de todo pradobañó en sangre la hierba,allá donde su hueste el pie ponía,Hoy parece, ¡oh estrella ahora proterva!,que a Dios damos enfado:vosotros ved, pues tanto Italia os fía.Vuestra discordia impíagastan del mundo la más bella parte.¿Qué culpa o juicio ordena, o qué destinositiar pobre vecino,ansiar menguada hacienda incontinente,y la extranjera gentebuscar al ver que a gustovierte la sangre y pone al alma precio?A la verdad me ajusto,que no me anima el odio ni el desprecio.
¿Y no os catáis aún, tras tanta seña,del bavárico engaño,que alzando el dedo con la muerte juega?Peor siento la burla yo que el daño.Mas vuestra sangre preñamás la campiña, pues la ira os ciega.Pensad mientras se llegala tercia hora y podréis ver cómo el hombreprecia al extraño cuando a sí abomina.Gentil sangre latina,el peso de esta carga no os asombre;no hagáis ídolo un nombrehinchado y sin cimiento;que el que derrote hoy gente riscosaa nuestro entendimientopecado es nuestro, y no natural cosa.
¿No es éste el lar que vi yo el primer día?¿No es éste el nido míodonde crïado fui tan dulcemente?¿Y no es ésta la patria de que fío,madre benigna y pía,que sirve de mortaja hoy a mi gente?Por Dios, esto la menteos mueva y con piedad miréis cada unolas lágrimas del pueblo doloroso,que, pues en vos repososólo espera tras Dios, si de consunomostráis favor alguno,virtud, no destemplanza,tomando el arma, hará el combate breve,que la antigua pujanzaaún Italia por sus venas mueve.
Señores, ved cuán presto el tiempo viajay cómo huye la vida,y la muerte a la espalda va tras ella.Pensad, aunque hoy viváis, en la partida,que el alma sin alhajaaquella última vía sola huella.Aquí antes que aquella,dejad odio o desdén poco cristiano,que son para el reposo contratiempo;y aquel que pierde el tiempoen hostigar al otro, en más humanoacto de ingenio o mano,en más bella alabanza,en más honesto estudio se divierta.Así más bien se alcanza,y la vía del cielo se halla abierta.
Canción, yo ahora te exhortoa que des tu mensaje cortésmente,porque entre gente altiva que irás veoy vicia su deseoaquel uso ya antiguo e impertinentede oír sólo a quien miente.Allí, cuando en la citate escuchen los que aún son del bien oidores,diles: «¿Quién me acredita?Yo, que gritando voy: "¡Paz, paz, señores!"»
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