Al caer despeñado en la hondura
øøøAl caer despeñado en la honduraDesde la alta cima,Duras rocas quebraron sus huesos,Hirieron sus carnes agudas espinas,Y el torrente de lecho sombríoRasgando sus linfas,Y entreabriendo sus húmedos labiosCon negra sonrisa,Vino a darle un beso de muerte,Cerrando en los suyos el paso a la vida.
Despertáronle luego, y temblandoDe angustia y de miedo,— ¡Ah!, ¡por qué despertar? — preguntóseDespués de haber muerto.
Al pie de su tumbaCon violados y ardientes reflejos,Flotando en la niebla
Vio dos ojos brillantes de fuegoQue al mirarle ahuyentaban el fríoDe la muerte, templando su seno.Y del yermo sin fin de su espírituYa vuelto a la vida, rompiéndose el hielo,Sintió al cabo brotar en el almaLa flor de la dicha, que engendra el deseo.Dios no quiso que entrase infecundaEn la fértil región de los cielos;Piedad tuvo del ánimo tristeQue el germen guardaba de goces eternos.
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